Adolescentes nadando en nuestra primera juventud. Finales del franquismo. Colegio del Opus Dei en Madrid. Allí tuve la fortuna de compartir aula y estudios con Ramón Lobo, que era un par de años mayor que nosotros, sus compañeros de clase, debido a que había repetido algún curso. Latín y griego fueron nuestras optativas en quinto y sexto de aquel bachillerato con reválida y COU. Los que no servíamos para las ciencias, como nos decían.
Con su experiencia de vida, con sus enfrentamientos ideológicos con su padre y su cariñosa relación con su madre y la familia inglesa demócrata y liberal de su madre, Ramón nos abría puertas, nos mostraba caminos, pues estaba más avispado que nosotros con catorce, quince, dieciséis años. Y ya escribía unos poemas y unos ensayos breves y relatos de gran sensibilidad e interés. Pero no aprobaba. Por lo que sus profesores no le auguraban un buen futuro profesional. Como cuenta en sus memorias, terminó el bachillerato interno en otro colegio.

Recuerdo que una vez leímos juntos en Juventud, egolatría y otros relatos breves, de Pío Baroja, una nota autobiográfica suya: sus profesores le repetían «Baroja, usted nunca llegará a nada». No recuerdo habérselo oído a nuestros profesores refiriéndose a Ramón Lobo. No hubieran sido adivinos. Nuestro compañero Lobo, como le llamábamos, o a veces cariñosamente El lobo, sí llegó a las metas más altas del periodismo y superó con creces cualquier expectativa que sus profesores y padres hubieran podido depositar en él.
Recuerdo que su padre, como nos contó en sus memorias, había combatido en la Segunda Guerra Mundial en la División Azul. Era falangista, todo lo contrario de lo que ha sido Ramón. Siempre en conflicto con su padre. Pero con el mismo o más valor que él. Veinte años de cronista de guerras le ayudó a vencer el miedo a la muerte, como recientemente me contaba. La muerte forma parte de la vida y hay que vivirlo todo para cumplir el ciclo de la existencia. Como Ramón lo ha vivido. Pragmático, valiente, amable, apasionado, vehemente, generoso, humano… Así era en el colegio y lo siguió siendo después.
En aquel colegio de El Prado, del que salías místico y católico a ultranza o agnóstico, reprimidos o «salidos» en el campo sexual, Ramón Lobo conoció a Javier Andreu (don Javier, como le teníamos que llamar), un sacerdote que nos explicaba Literatura y que a él y a mí y a alguno más nos marcó para siempre y nos empujó al mundo de la lectura y de la escritura. Siempre discutíamos con don Javier, quien siempre nos guio en aquellos años del tardofranquismo recomendándonos lecturas de Miguel de Unamuno, Federico García Lorca o León Felipe, entre otros muchos autores prohibidos en nuestro tiempo. Nos desconcertaba aquel cura católico y del Opus y al mismo tiempo abierto y liberal y antifranquista. Lobo nos ha reconocido a Ángel Blasco (productor y guionista), Juan Llopis (emprendedor y novelista) y a mí, compañeros de clase, que Javier
Andreu marcó su futuro de escritor y periodista, como nos marcó a nosotros. Tal vez porque aquel hombre ya desaparecido encerraba en su interior las huellas de la contradicción. ¡Cuántas veces hemos pensado Ramón y Juan y yo si no le pasaría a nuestro don Javier como a don Manuel Bueno, el protagonista de la novela de Miguel de Unamuno!
Quizá en estas claves que me trae el recuerdo invadido de nostalgia por Ramón, que ya no está aquí para hablar de sí mismo, de sus conflictos interiores, de su apasionada existencia y de la vida social y política nuestro país… Quizá en estas claves de la adolescencia se encuentren la semilla del gran cronista de guerras, apasionado periodista, inteligente escritor y excelente persona que fue Ramón Lobo, y que sigue siendo en nuestra memoria. Descansa en paz, compañero Lobo, compañero del alma, que escribiría Miguel Hernández. Te echaremos de menos. Te llevaremos en el corazón.

