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ETA era en los 90 una organización terrorista que ya había matado a casi 800 personas. Había cometido masacres como la del Hipercor en Barcelona, o la Casa Cuartel en Zaragoza. Sin embargo, parte de la opinión pública internacional se resistía a condenarles y siempre quería encontrar alguna justificación ante cada atentado. Para estos, ETA era solo una banda separatista, no terrorista. Pero ese ‘benevolismo’ un día se acabó abruptamente: fue con el secuestro y posterior asesinato en directo de Miguel Ángel Blanco.
La cruel matanza y decapitación de decenas de personas en un poblado israelí debería ser también un antes y un después en esa opinión pública que, seguro desde la buena fe, busca una justificación a los atentados de este fin de semana. O marcan una línea roja frente a Hamás, o conseguirán arrastrar con esa organización terrorista a toda la causa palestina que creen defender.

