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Sala de espera de un hospital. Estoy releyendo a Baroja, un escritor que es siempre un auténtico disfrute, cuando me topo con esa frase, «el buen valor asusta a la mala suerte», certeramente acotada por el de San Sebastián: «Y esto es verdad a veces…, cuando se tiene buena suerte».
Cuando la tragedia en lo esencial, que es nuestra salud y la de aquellos que amamos, entra por la ventana sin haber sido invitada, toca anclar los pies al suelo como pide Tellagorri a su sobrino Zalacaín: «Firmes, siempre firmes Martín». También preñar el corazón de esperanza, nada más hay imbatible en el duelo del Sandman en el infierno ideado por Gaiman. Y, así pertrechados, comenzar a caminar afianzando ese buen valor con el que espantar la mala fortuna, o al menos construir un camino transitable en el que esquivarla como podamos.
No es una fórmula infalible, por supuesto que no. Tampoco es fácil, pero cuando la muerte, la enfermedad o la discapacidad se cruzan en nuestro camino, es la opción más inteligente. Seguir adelante, un paso tras otro, adaptarse, valorar lo realmente importante y perseguir cualquier atisbo de felicidad.
A la vida, que es ingobernable, hay que amarla incondicionalmente como proclamó Rubinstein; abrazando el caos que supone y bailando mientras suena una música que en cualquier momento puede parar o cambiar de ritmo. Todo eso sin temer al segador cuya visita sabemos inexorable. ¡Qué sabio era Pratchett!. Que cuando venga a cosechar nos encuentre habiendo disfrutado de la belleza y la locura que ha significado estar vivos.
